Esta hermosa historia comienza en 1814 y termina en
1890. Dura 76 años. Los que Dios quiso que viviera su protagonista.
Esta hermosa y, hasta ahora, poco o nada conocida historia comienza en Almeida de Sayago y acaba en
Manila (Filipinas). Es muy conveniente contarla y que sea ampliamente difundida, ahora que los buenos ejemplos se airean tan poco en los media y los vicios muchísimo, para desgracia de
todos.
Esta ejemplar y hermosa historia es la edificante y admirable epopeya de un paisano nuestro, de cuya vida y
trabajos ha de quedar memoria, pues, además de lo ya dicho, ha de servir para edificación de unos, para admiración de otros y de sano orgullo para todos los que tenemos la fortuna de poder
llamarlo paisano.
Se trata de Antonio Vicente Herrero, nacido en Almeida el 26 de abril de 1814. Un muchachote que, a sus 19
años, el 8 de noviembre de 1833, profesó en el convento dominico de San Esteban de Salamanca. Pero, dos años después, en julio de 1835, la Real Orden de Exclaustración Eclesiástica y primera
confiscación de los bienes eclesiásticos, dictada en el contexto de la revolución liberal española, obligó a los frailes a abandonar su convento, requisado para cuartel y museo provincial.
El historiador P. Manuel Herrero en su obra Historia de la Provincia de España, cuanta mejor
que nadie cuán dolorosos fueron aquellos días, porque le tocó vivirlos en primera persona: “El año de 1835, día de San Bernardo, se nos comunicó la orden del Jefe Político (un tal Cambronero)
para que dentro de veinticuatro horas saliésemos del convento. ¡Qué trago tan amargo! ¡Qué lagrimas! ¡Qué trastornos! ¡Cuántas pérdidas!”
Aprobados, previo examen, sus estudios eclesiásticos realizados en Salamanca, fuera de la Orden, nuestro
paisano fue ordenado sacerdote y se alistó como misionero para la Provincia del Rosario (Filipinas). Embarcó en Cádiz en la fragata “Arispe” en agosto de 1843 y llegó a Manila a los cinco meses,
en enero de 1844. ¡Vaya viajecito! Y de allí hubo de partir para Batanes, destinado al ministerio misionero como Vicario de la casa de San Vicente de Sabtang.
Sobre el archipiélago de las Islas Batanes, el P. Fray Rafael Carpintero O. P., mi comunicante en Filipinas,
a quien le hago presente mi agradecimiento por su inestimable ayuda, me contó lo siguiente: “Estas islas están situadas en el extremo Norte del archipiélago Filipino. Difícil es llegar a ellas,
incluso ahora. Se pueden alcanzar desde Manila por avión (Manila-Basco) y de allí, unos 15 kilómetrospor tierra para poder pasar a Sabtang en barca, ahora con motor, entonces a vela y remo…”
También me confesó que había vivido trece años allí, en la casa que construyó el P. Vicente, cuya memoria se venera aún en aquellas tierras.
Sabtang está situada al Sur de la isla más importante, Batán, en la que se asienta la capital de la
provincia, que recibió su nombre del gobernador José Basco y Vargas, que fue quien puso el archipiélago bajo jurisdicción de la Corona española, en 1782.
Cuando el sacerdote sayagués llegó a Sabtang, hacía bien poco que había sido repoblada con seiscientos
ibatanes, para los que se habían edificado poblados en la llanura, manteniéndose en las montañas los sabteños nativos, que hasta el momento se habían mostrado rebeldes a la acción civilizadora de
los españoles, oponiéndose por la fuerza a la gobernación y a la evangelización de la isla. Tras apaciguar estas acometidas, el Gobernador notificó a los Dominicos la nueva situación y les pidió
que establecieran allí una misión. En el Capítulo Provincial de 1845, los frailes aprobaron el establecimiento de la misión en Sabtang, bajo el patrocinio de San Vicente Ferrer, nombrando primer
Vicario al P. Antonio Vicente, llegado a Filipinas el año anterior. Con enorme ilusión comenzó esta tarea el buen fraile que, partiendo de la nada, hubo de comenzar por edificar una iglesia, el
convento, el tribunal (ayuntamiento), las escuelas de ambos sexos y un Beatario de mujeres terciarias de la Orden. Sólidos edificios de mampostería que aún hoy se conservan en buen estado, como
puede apreciarse en la fotografía actual de la parroquia San Vicente (arriba), en cuyo muro de fachada aparece una inscripción en lengua nativa, en la que se agradece a los frailes su tributo,
mencionando sus nombres, entre ellos el de nuestro ilustre paisano.
Durante dieciocho años ejerció su ministerio el P. Vicente en Sabtang. Desplegó un gran dinamismo y aprendió
muy bien el dialecto de los nativos, al que tradujo el Catecismo explicado (bilingüe, español e ibatán) y El mes del Rosario. En la obra Misioneros
Dominicos en el Extremo Oriente 1836-1940 de la son autores Hilario Ocio, Eladio Neira, Gregorio Arnáiz (Life Today Publications. Manila, 2000) se dice de él que era
“de carácter alegre, dulce y simpático y tan perito y elegante en el idioma de aquellos isleños como celoso en el cumplimiento de su ministerio, era infatigable en la predicación y
catequesis.”
En l863 fue trasladado a Basco, donde tuvo que rehabilitar la iglesia y convento devorados por las llamas en
1860. En la capital de la provincia estableció la Venerable Orden Tercera (Laicado Dominicano), fundó las cofradías del Rosario y Santo Niño, y más adelante la asociación de la Guardia de Honor
de María, tomando para si mismo la hora de vela menos cómoda, con el fin de excitar más a sus feligreses al ejercicio y práctica de la virtud, sin omitir la obligada visita diaria al Santísimo.
Pasó 21 años en Basco, y durante varios de ellos fue también Vicario provincial de la misión (1863-1874), y, por algún tiempo, Gobernador civil interino de aquella provincia. El 15 de mayo de1884
fue asignado al convento de Santo Domingo de Manila, donde, después de edificar a todos con sus virtudes, especialmente con su humildad y sencillez encantadoras, que le hacían sobremanera amable,
falleció de un cáncer en la mejilla izquierda el 22 de febrero de 1890, alos 76 años. Figura por derecho propio entre los grandes y abnegados misioneros que han ejercido su ministerio en las
antiguas posesiones españolas de Filipinas.
En aquel hule que compró mi padre en Zamora (1948) estaba dibujado
el mapa de la península Ibérica. En la camilla en la que comíamos y en la que nos sentábamos al brasero en los inviernos, aquel hule exhibía la imagen cartográfica de nuestra patria y de
Portugal.
La España de los años cuarenta estaba allí dibujada con unos colorines que la gris realidad de la
postguerra desmentía —según pude saber después—, en la vida ordinaria de las ciudades y pueblos que en él figuraban. Pero el hule sirvió para que mi hermana y yo aprendiéramos geografía,
jugando a ver quien encontraba primero la localidad, río, isla o cabo que se nos indicaba, por el procedimiento de advertirnos si donde señalábamos con nuestros dedos era “frio” (cerca) o
“caliente” (lejos) respecto al lugar a encontrar. El mismo procedimiento del juego de la bigarda. Así nos divertíamos y aprendíamos al mismo tiempo.
Habría mucho que hablar sobre aquel hule, que duró tantos años que emigró con nosotros a Salamanca
(1955), y cuando yo me casé (1965), aún perduraba. Claro que fue cuidado con mucho esmero siempre. Nunca se dobló para guardarlo. Después de las comidas, ya limpio y seco, se enrollaba sobre
un palo de escoba y se colocaba detrás de la puerta de la despensa. Como veis, en mis recuerdos ha durado hasta hoy y así, enrollado en el palo de mi biografía, esta guardado ahora detrás de
la puerta de la memoria de mi infancia.
Pero he de deciros que hay algo que nunca perdoné al autor del mapa de España de aquel hule: ¡Se olvidó
de incluir a nuestro pueblo! Almeida de Sayago no figuraba en el lugar que le correspondía, en el Reino de León, provincia de Zamora. Pero, en cuanto yo supe, sobre poco más o menos, sus
coordenadas, entre Ledesma y Bermillo, con un bolígrafo de indeleble tinta azul, marqué un punto gordo y el nombre de mi pueblo, corrigiendo la plana al despistado cartógrafo incompetente. Y,
desde entonces, tengo una norma para evaluar los mapas: son buenos los que incluyen a mi pueblo y malos los que eluden mencionarlo. En esto soy sectario e intransigente; sí, no me importa
confesarlo.
Fiel a este principio, en sentido contrario, me corresponde hablar bien de Tomás López de Vargas Machuca
(1731-1802), geógrafo de los dominios de su Majestad el Rey Carlos III, quien le puso al frente del Real Gabinete de Geografía del reino en 1761. Nos refiere H. Gimeno Pascual que “con el
respaldo de la Corona decidió dirigir un cuestionario a las autoridades eclesiásticas solicitando datos relativos a sus diócesis y parroquias —entre ellos los referentes a toponimia y
vestigios de antigüedad—, que servirían para la confección de un Diccionario Histórico-Geográfico de España, el cual serviría de complemento a los mapas
confeccionados por él. En esta empresa no partía de cero: además de la información que le proporcionaron mapas anteriores, había habido un precedente similar en época de Felipe II,
las Relaciones
Topográficas que ya habían incluido unas preguntas dirigidas a las autoridades de los pueblos a las que Tomás López, también académico, tuvo acceso gracias
a su colaboración en el Diccionario Geográfico-Histórico de España, proyecto iniciado por la Academia de la Historia en 1766” (obra inconclusa, de la que sólo
se publicaron dos tomos) y para el que se habían enviado a la Academia las Relaciones, para copiar el contenido existente. Además pudo contar también con
las Respuestas del Catastro del marqués de la Ensenada (1749). Pero, la obra de Tomás López ni se concluyó ni llegó a publicarse. Eso sí, generó una
enorme y muy valiosa documentación, que se conserva manuscrita en varios legajos en la Biblioteca Nacional de España.
Fuera copiado de la primera obra de referencia (S. XVI) o bien fuera dibujado expresamente para la
segunda (S. XVIII), ya sabemos a quien tenemos que agradecer el primer mapa de Almeida, hasta ahora conocido. Y, también, (no sería justo dejarlo en el olvido, pues no todos los curas
respondieron al cuestionario real y por ello no se culminó el trabajo) nuestra gratitud para el buen párroco de aquel entonces que, como se puede ver, situó a Almeida en el centro del
“territorio de Sayago”, al que denomina “una especie de isla” en la que se asientan “52 aldeas”. Entre todas ellas, nuestro pueblo que, para el clérigo titular de nuestra parroquia, debía de
ser considerado como la capital de la comarca.
De todo ello da fe el mapa aludido, que arriba os ofrezco, reproducción genuina del original, sin retoque
alguno. Tanta alegría me dio descubrirlo, como ahora me proporciona el poder compartir el hallazgo con vosotros. Tomadlo, queridos paisanos, como mi regalo del Año Nuevo.
El otoño, vaya usted a saber el porqué, nos sume en la
nostalgia. Esto viene ocurriendo desde antiguo. Por eso muchas de las composiciones musicales o poéticas de la mejor factura nacieron en otoño. Entre los suspiros lánguidos de las hojas
marchitas… Al compás de los susurros del viento y de las lluvias… Ante el embozo policromo con que la tierra se cubre por los primeros fríos… Por mor de la introspección a que nos vemos
abocados... O, quizás, por todo junto.
No se sabe bien la causa, pero nuestra sensibilidad se acrece en esta época. La añoranza se desborda, la
memoria se deja acariciar por el recuerdo de los días felices, en lo más recóndito de nuestra alma hallamos el refugio bucólico de la complacencia más nostálgica… La pluma del escritor se carga
de poesía, casi sin quererlo.
Tiempo hacía que a mí no me ocurría eso. Pero unas semanas atrás, ante el abismo del folio en blanco, y sin
saber la razón, de sopetón y por sorpresa… (¡Sorprenderme a mi edad, que maravilla!) Hete aquí que me hallé escribiendo, en verso, una oda a Almeida, después de más de cuarenta años de haber
dejado de escribir poesía. No sin obligarme a vencer el pudor, me dije, no desfalleceré; adelante, que mi querido pueblo bien se lo merece.
¿Por qué el pudor?, me preguntáis. Porque no escribo, os respondo, para ocultar en un cajón lo que escribo y
sabía que, una vez hecho, en algún momento iba a publicarlo para compartirlo con vosotros. Y ese momento me ha parecido bueno que sea ahora, en Navidad, cuando todos somos un poco más
comprensivos y tolerantes con las flaquezas del prójimo. Así pues, con mi poema felicito estas familiares y cálidas fiestas de Navidad a todos mis paisanos y les deseo lo mejor de cara al nuevo
año 2012.
ALMEIDA, A TÍ RENDIDO
Mi alma equidistante, Almeida,
como tú,
entre la Cueva y el Conejal,
Tormes y Duero,
Zamora y Portugal,
el Hervidero y la Cabeza…
Los puntos cardinales de mi ser,
mi infancia y la diáspora:
yo en la rivera de Belén
en los días
de aquella equinocial edad
de sol y de carámbanos, de ternura y pan negro,
asumiendo la hijuela de tu savia,
en el quicio de la razón y el sentimiento.
Junto a los Santarenes, anejo al Caño,
sumido en las solanas y en las peñas,
en la alameda y en la escuela,
al aire y al socaire del corral del Concejo
por el Puente los Muertos,
del solano al gallego,
con aromas de herrén por esas cuestas
del Branquial y de El Gallo.
Así, creciendo
Almeida, en tu regazo
abrigado y mullido, blanda cuna,
a la brigada
de generosidad y nobles sentimientos,
de la gentica,
la mejor estirpe. Madre nutricia tú de la honradez
y la cordura sublimadas. ¿Cómo
no amarte y ensalzarte, Almeida?
¿Qué ofrecerte? ¿Qué darte
que tú a mí no me dieras? No más
que con amor filial y cantos
podré corresponderte,
que no otra cosa tengo que más valor tendría
para satisfacerte,
para siempre y por siempre, tierra
madre, a ti de amor filial rendido.
JOSÉ MARTÍN BARRIGÓS
Llegaron camiones y hormigoneras. Se formaron
equipos de trabajo, según el orden establecido por la alcaldía. Por barrios y por calles. Y todos, hombres y mujeres capaces, bajo las órdenes del jefe de obra de la adjudicataria, al tajo; cada
cual en la tarea que mejor se adaptaba a su condición. Cavar, acarrear, extender el hormigón, vallar… Pero todos con ilusión y sin regatear esfuerzo alguno. Contentos y felices. Bromeaban entre
ellos; canturreaba éste, se chanceaba aquella. Apostaban, incluso, sobre quién era más ligero con la carretilla o más contundente con el pico. Y al finalizar cada tramo, una fiesta por todo lo
alto, con cuchipanda y francachela memorables.
Nunca estuvieron tan unidos los de Almeida, tan de acuerdo y tan en paz. Hermanados y
solidarios. ¡Todos a una! Ansiosos por ver conseguido su común y anhelado objetivo: inaugurar la urbanización de las calles y el saneamiento general del pueblo. Un factor capital de modernidad,
un hito en la historia municipal de similar relieve al de la llegada de la luz eléctrica. Ambos, uno y otro acontecimiento, marcaron un antes y un después en su día. Bueno, decir en su día es un
decir, porque el proceso del que tratamos tardó tres años en llevarse a término. Y sin vagar lo más mínimo.
Vertederos y estercoleros fueron evacuados del casco urbano como si de leprosos
hebreos se tratara. La gente aprovechó el tirón para revocar fachadas y enjabegar muros o para transformar las antiguas cuadras en un garaje para “el 600” del hijo emigrado a la capital.
Así pues, el pueblo perdió su perfil rústico sayagués, el valor etnográfico y una gran parte de su encanto. Sin embargo (no juzguemos hechos del pasado con la sensibilidad de hoy), bajó de Zamora
el Gobernador civil de entonces, él y todo su séquito, e hizo entrega a Juan Antonio Panero, el alcalde en aquel entonces, del primer premio provincial de embellecimiento de pueblos. Gran fiesta,
estilo Fraga Iribarne, en 1978. Medalla al regidor incluida.
El flamante suelo de hormigón permitió a las mozas ir compuestas a misa o al baile con los tacones altos,
vinieran del barrio de Arriba o del de Abajo, y a las comadres no tener que salir a tirar el orinal por las mañanas. Se acabó también el acarrear agua del Caño, de la fuente Lorenza o de la
Fontana. Lo mismo el asearse a retales y a regañadientes. Pero, bien mirado, bajo la capa de hormigón quedó enterrada mucha historia. La Edad Media, sobre todo. Me refiero a la insalubridad de
albañares y regateras que expelían a la vía pública los purines de pocilgas, comederos y establos. También a la polvareda asfixiante que en el buen tiempo se levantaba en las calles al paso de
los rebaños, los carros, la cabriada o la vecera. Y en invierno, sobre todo en invierno, mejor ni recordarlo. El légamo del barrizal se mezclaba con las boñigas, cagalitas y cagajones del ganado,
bien amasado todo con el pateo de caballerías, gochos, vacas, ovejas, personal… ¡Una ciénaga apestosa e intransitable! Si helaba, aquello era un remedo del Perito Moreno. Si llovía, la laguna
Estigia. En ese sentido, me refería más arriba a la Edad Media.
Pero no he debido decir lo de intransitable. Nada menos cierto. Todo el mundo seguía yendo a sus jeras, al no
haber más remedio, en afanoso tránsito sobre el lodazal infecto o sobre las duras aristas de los carámbanos. Gracias a un prodigioso y humilde calzado, las gentes podían pisar firme y discurrir
con seguridad por tan azaroso piélago. Me refiero a las chancas, un genial invento celta. Sólo con ellas era posible la hazaña. De ahí que todo hijo de vecino calzara un par. Todos los días, a
todas horas. Desde el otoño a la primavera. Mayores, mozos y muchachos.
Mi padre, para su venta en las ferias de la comarca (Bermillo, la ermita de Gracia, Muga, Peñausende) y en su
zapatería, en agosto, las comenzaba a fabricar, nada más acabar las fiestas de San Roque, con el fin de tener en otoño un adecuado remanente de pares de toda la serie de números. Traía de
Ledesma el becerro para los cortes. De la tenería de don Pedro Galache (hoy desaparecida), junto a la pesquera, aguas abajo del puente, en la margen izquierda del Tormes. El tal don Pedro era el
padre de Dely Galache, mi madrina de bautismo, una guapísima señorita, hija única, que murió de tuberculosis en su más esplendente lozanía juvenil.
Para la fabricación de las chancas, de Galicia le llegaban a Julio Martín las suelas de madera de aliso o de
negrillo; esculpidos a maquina el tacón, el rebaje del empeine y la curvatura de la planta del pie. De Castro Caldas (Ourense), de allí venían. Un pueblo gallego que las producía industrialmente,
pues, cuando la guerra del 14, las había fabricado a toneladas para exportarlas a Francia.
Mi madre ayudaba cortando los cueros. Colocaba los moldes de cartón sobre la pieza de becerro extendida y,
tratando de aprovechar bien el material, dibujaba con jaboncillo los contornos por donde había de cortar. Después hacía los ojales con un sacabocados. Finalmente, mi padre ahormaba y ensamblaba
el conjunto de piso y corte, y la chanca quedaba lista. Trabajaban hasta muy de noche y hasta cuando se lo permitían las restricciones de corriente que se padecían en los años de postguerra. Tres
parpadeos de la bombilla eran los avisos que anunciaban el corte definitivo de la luz. Si necesitaban continuar trabajando, habían de hacerlo alumbrándose con una lámpara de carburo cálcico, un
invento que producía gas acetileno y, mediante una boquilla especial, generaba una potente luz.
Humildes y baratas, pero insustituibles, a las chancas hay que darle sitio en la historia heroica del aquel
Sayago de la precariedad. Algunos las hacían durar una eternidad, herrándolas con tachuelas metálicas para que la madera del piso no se desgastara con el uso. En aquellos suelos de lastras o peña
viva de los corrales y las casas, su caminar era tan estrepitoso y cerril como el de Frankenstein en una catedral gótica. ¡Música celestial para unos gloriosos tiempos que, aun exentos de
sutilezas, resultaban, sin embargo, fascinantes!
“Los viejos, siempre con sus batallitas”, dirá alguno nada más leer el
título. Y yo le respondo: “Te aseguro que ésta que voy a contar hoy te va a interesar y no menos a sorprender” Estoy tan convencido de ello que quiero que todos la conozcan y después la sigan
contando ellos también a otros, aunque no sean viejos. Pero, además, no se trata propiamente de una batalla, sino de una hazaña, que más bien habría que denominar golpe de mano o celada, como
vais a ver.
No sé si os habrá pasado lo mismo a vosotros con vuestros profesores. Pero a mí, ni en la escuela, ni después
en el bachiller, mi maestro Casanueva (a quien siempre bendeciré y a cuya memoria reitero desde aquí mi gratitud y rendido afecto por allanarme el camino de los estudios en mi niñez y prender en
mi ánimo la curiosidad por la ciencia y el gusto por aprender) nunca me dijo una sola palabra sobre que en la gloriosa gesta nacional española, conocida como Guerra de la
Independencia, el año 1809, en los días 21 y 24 de junio, se libraron en Almeida unos gloriosos lances que han quedado escritos para siempre en el amargo dietario de las derrotas de las
tropas invasoras francesas. O sea, que en este pueblo que me vio nacer, Almeida de Sayago (no en su homónima Almeida portuguesa, que bien sabemos jugó un papel importante en esa guerra), se
infligieron dos derrotas sonadas a las tropas de Napoleón Bonaparte, autoproclamado emperador de los franceses y, a la sazón, dueño de toda Europa continental.
Sobre las derrotas que los guerrilleros españoles y nuestro ejército, aliado con ingleses y portugueses,
causaron a los invasores gabachos se ha escrito en abundancia. Pero sobre la Almeida sayaguesa, chitón. Aunque, claro, ni a mí, ni a muchos de vosotros os lo pudo contar nadie, por una razón de
esas que solemos decir que son “de cajón”, pues hasta 1999, nadie lo sabía; ni nuestros maestros de pueblo, ni los catedráticos de Historia de la Universidad, ni el sursum corda. Y hoy
podemos hablar de ello, merced al hallazgo, por parte de Emilio Becerra de Becerra, quien por casualidad, investigando con otro propósito, halló lo que se conoce como “los papeles de don Julián
Sánchez” y que en verdad se trata de un cuaderno titulado Historia del Regimiento de Caballería 1º de Lanceros de Castilla, según los papeles de don Julián Sánchez García “El Charro,
reproducido en el libro de que es autor, Hazañas de unos lanceros. Papeles de Julián Sánchez “El Charro”. Diputación Provincial de Salamanca. 1999.
Poco puedo hablar aquí sobre este hombre, para no extenderme demasiado. Pero os invito a conocer su vida y
sus hazañas. Nacido del pueblo, sin instrucción ni hidalguía, se entregó por entero a salvar del oprobio y la vergüenza a que sometió a nuestra patria un rey felón y canalla, permitiendo la
invasión, expolios, violaciones y asesinatos de un ejército extranjero. Para ello, reunió en torno a él un grupo de patriotas (entre los cuales había un sayagués), gente de las comarcas de Ciudad
Rodrígo y Ledesma y, a su capricho, en combate de guerrilla, asestaron duros golpes a los franceses. En la plaza mayor de Salamanca está inmortalizado en uno de sus 59 medallones (el que se
muestra en la fotografía de cabecera). Y su gloriosa misión lo mitificó ya en vida, hasta ponerlo en las coplillas populares: "Cuando Don Julián Sánchez/ monta a caballo,/ escapan los
franceses/ como del diablo./ Es mi novio un lancero/ de Don Julián,/ si él me quiere a mi mucho,/ yo le quiero a él
más./ El corazón me lleva/ puesto en su lanza./ ¡Que vivan los lanceros/ y muera Francia!"
De su puño y letra, en dicho cuaderno, dejó escrito el héroe nacional:
“En 21 de Ydem. (se refiere a junio) en Almeida de Sayago atacó el Brigadier con sus cincuenta
lanceros a ciento ochenta y seis dragones, que sin permitirles completar su formación les mató cuarenta y tres, y tomó treinta caballos muertos, en cuya acción que tuvo mucha parte la
estratagema, se condujeron con la mayor prudencia y valor los sargentos Ramón Miñambres y Manuel Calderón.
En 24 del mismo, de resultas del anterior encuentro, volvieron al mismo pueblo los enemigos en número de
ochocientos de Infantería y doscientos caballos, con dos cañones procedentes de Zamora, adonde se habían replegado los anteriores, y habiéndose reunido a don Julián Sánchez el Comandante
Saornil con cien caballos, persiguieron a las avanzadas francesas, haciéndolas retirar precipitadamente hasta el pueblo, matándoles en su huida siete hombres y tomando cinco caballos.” (Op.
Cit. Pág. 139)
Ahora ya escrito está. Así quedarán perpetuadas estas hazañas en la historia de nuestro pueblo para orgullo
de los almeidenses de los tiempos presentes y venideros.
Esta foto que os muestro tiene 40 años. Se realizó, en
1971, en El Conejal. En ella hay mucha gente. Hombres y jóvenes, entonces vecinos de Almeida. El centro de atención de todos es un lobo al que han dado muerte los cazadores. Una especie que
maldicen desde siempre los pastores y ganaderos por las razias asesinas, saqueos y daños causados a sus rebaños. Destrozos similares a los que, hace pocos meses inflingió a la piara de Antonio
Sogo y, como quien dice, ayer mismo a otra en Pañausende. Y anteayer en Alfaraz, y la semana pasada en La Tuda.
Hoy no sería posible semejante fotografía. ¡Rediez! ¿Para qué queríamos más? Presos, acabarían todos. La foto
hoy tendría que ser justo al revés, para no herir la sensibilidad de los papanatas de turno. Esos badulaques, seguidores del pensamiento Alicia y del buenismo imperante que ha amariconado al
macho ibérico hasta convertirlo en un blandito recental. Que ni sabe, ni piensa, ni tiene juicio propio sobre nada y, además, se cree sabio porque habla igual que la tele. ¡Papanatas del pesebre
oficial!
Lo que está claro es que la gestión que desde los despachos del poder se viene haciendo sobre el lobo al Sur
del Duero se manifiesta, día tras día, como un fracaso que está llevando a la ruina a muchos ganaderos sayagueses. Pero, ahora, los incompetentes se hacen políticos, perpetran atropellos,
desfalcos y desmanes, y se van de rositas, sin tener que responder por el daño causado. En estos
días se suceden las denuncias en la prensa. Advierten los que saben, los que llevan toda la vida pegados al terreno, los que han tenido que enfrentarse al instinto predador de estas feroces
alimañas para sobrevivir; advierten y reclaman sentido común y coherencia¿Cómo lo que aquí es malo, un poco más allá es bueno y se permite? ¡Ni dios lo entiende!
La pugna entre el hombre y el lobo es ancestral. La perversidad del lobo y su agresividad es tan conocida desde antiguo que figura en los más viejos
cuentos y en el inconsciente colectivo de todos los pueblos de Occidente. Es la única alimaña que se recrea en hacer daño y que su instinto criminal va más allá de procurarse el alimento. Actúa
de forma organizada, taimadamente y en manada. Frente a las que hemos padecido nosotros, las agresiones sufridas por estas criaturas de las tinieblas son infinitamente menores.
Así son las cosas, se cuenten como se cuenten. La verdad es única y absoluta, por más que le pese a los
embaucadores de pazguatos y gilís.
Digámoslo claramente y con rotundidad: los ganaderos sayagueses, los de Almeida y todos los del alto Sayago,
tienen el derecho constitucional de recibir de las autoridades protección para sus bienes y la seguridad para sus medios de vida, legislando conforme a la razón y no conforme a la moda, al
caprichín o a la meliflua sensiblería institucional. Para eso votan y pagan impuestos. ¡Ya vale!
Los continuos cortes de electricidad que padecemos con demasiada
frecuencia nos amargan la vida. Nos causan perjuicios y averías, pérdidas económicas, disgustos, contratiempos ¿Será verdad que estamos en el siglo XXI? No es posible vivir así. Con toda razón
pensamos que si en algún lugar de España no es justo que haya apagones, ese sitio es Sayago. ¡No hay derecho! En casa del herrero, cuchillo de palo.
Esto no es nuevo. Aunque le cueste creerlo a los jóvenes, los tiempos del farol, el candil o los quinqués son
de ayer por la tarde. Quiero decir que hace sólo unas cuantas décadas, la electricidad que las centrales de Sayago producían, no llegaba a los sayagueses. Ni tan siquiera se quedaba en
Castilla y León. Cable arriba, el oro del Duero emigraba a Vizcaya, donde los oligarcas de Neguri se lo repartían, transformado en sustanciosos dividendos. Iberduero, Banco de Bilbao, Banco de
Vizcaya, Banco de la Basconia¿Os suenan?
Allí, la luz; aquí, la oscuridad. Una perpetua noche de escasez, la oclusión de toda medra. Jodios maketos,
¡chitón! ¿Qué más queréis? Ahí os dejamos las torretas metálicas y el tendido de alta tensión sobre los sembrados, sobre vuestro pan, sobre vuestros renegridos y encanijados cuerpos. Regalo
envenenado, por el que hubo que pagar incluso el doloroso tributo de la desaparición de Argusino, bajo las aguas del pantano de Almendra, a cambio de calderilla.
Pero, vamos a la historia. A la llegada de la luz eléctrica a Almeida.
Nuestro pueblo fue uno de los privilegiados municipios de Sayago que primero se beneficiaron del prodigio de
la electricidad. Para los contemporáneos de tan feliz acontecimiento, el hecho de que algo invisible hiciera mover la maquinaria del molino, alumbrara una habitación y hasta pudiera matar a la
gente, tenía que tratarse de brujería o de un milagro. No cabe otra, pensaban. Creo yo que con razón, pues tampoco se me alcanza del todo a mí, ni aún hoy, tan sorprendente fenómeno.
Esa corriente misteriosa e invisible, llegó a nuestro pueblo, por vez primera y en la cantidad de quince
hectovatios, en abril de 1919. La fuerza, le decían entonces. Vino desde una aceña, sita en el cauce del río Tormes, pasada la dehesa de Estacas, corriente abajo. El agua, hasta entonces,
movía allí un molino que era el único que podía moler cuando a los de la rivera de Belén los paralizaba la sequía. Pero quedaba lejos. La aceña era propiedad de Pedro Sánchez Guerra, vecino de
Almeida, con domicilio en la calle de Ledesma (así reza en el registro de matrículas que se conserva en el archivo municipal), que la transformó en una pequeña central hidráulica. El
tendido se realizó con postes de negrillo, atravesaba el Conejal, siguiendo el Camino de la Aceña, y entraba al casco urbano por el Branquial. Se trataba de que la fuerza eléctrica
alimentara el motor del moderno molino que este industrial construyó en la carretera, frente al caño, con mayor capacidad de molturación y a un paso para los clientes.
Los pocos usuarios con posibles para permitirse el lujo de un enganche para alumbrar sus casas, pudieron
hacerlo a lo largo de 1923, pues, en los primeros meses de 1924, Ricardo Ballesteros en su obra Alma Sayaguesa -pág. 18- señala: otra fábrica sobre el Tormes, produce
energía para el alumbrado eléctrico de Almeida. No había tarifa, ni contadores; se tenía que pagar por puntos de luz. De modo y manera que, para ahorrar, lo normal era utilizar dos
bombillas conmutadas. O sea, que al encender una, se apagaba la otra. Con todo, el progreso fue enorme. A pesar de lo precario del invento y de las frecuentes averías, éramos la envidia de la
comarca.
En los años 40, la energía eléctrica comenzó a llegar al pueblo ya desde la presa de El Porvenir, en el
Duero. Los hijos del pionero, Hnos. Sánchez Sogo, fueron los concesionarios, distribuidores, instaladores y técnicos. Data de entonces el transformador de la Fontana y se reforzó la instalación
urbana para iluminar mejor las calles. Se generalizó la acometida de los hogares y casi todos pudimos gozar del primer elemento de confort de la era moderna.
A los mozos que cortejaban, sin embargo, les molestaba tanta luz y, a pedradas, rompían las bombillas del
alumbrado público para poder disfrutar de un poco de intimidad mientras pelaban la pava. En los hogares, los apagones eran frecuentes a causa de las restricciones impuestas por el Gobierno para
proporcionar más fuerza a las industrias de postguerra. Había que reconstruir el país. En el salón de baile de Tafuro se sustituyó el manubrio por la gramola. La Piquer, Pepe Marchena, Caracol,
Estrellita Castro, Machín amenizaban la esperada y única diversión de los domingos y fiestas de guardar: el baile agarrao, vigilado por las madres y comadres.
Al son esas coplas y ritmos flamencos, Almeida entraba radiante en una sugestiva y halagüeña modernidad.
Mientras, el mundo llamado civilizado estaba sumido en el horror de la terrible masacre de la II Guerra Mundial y, en una casa de la calle Mediodía, en 1942, nacía yo.