Tengo la impresión de que a casi todos los de Almeida nos ha pasado
desapercibido un acontecimiento reciente de singular y magnífica relevancia. Digo a casi todos (y me incluyo yo), porque no ha habido reacción, que se sepa, ni en la prensa provincial, ni en las
webs de la comarca, ni en las redes sociales de sayagueses Nada; silencio absoluto.
¡Lástima! La noticia a mi me llegó demasiado tarde y, aun a toro pasado, no quiero dejar de tratarla, pues la
cosa tiene suficientes bemoles como para sonar y resonar con el máximo enaltecimiento. A ello me pongo.
Resulta que durante el pasado mes de julio, a lo largo de todos sus treinta y un días, el Museo de Salamanca
(Patio de Escuelas, 2) ha concedido el honor de Pieza del Mes a dos obras pictóricas de nuestro muy ilustre paisano Antonio Villamor. Quiere esto decir que con prioridad sobre las demás del
museo, dos días a la semana y a hora determinada, se explicaban detalladamente a los visitantes las dos obras que aquí se reproducen, dos oleos sobre lienzos circulares (tondos) representando a
los evangelistas San Mateo y San Lucas. El primero está escribiendo su Evangelio mientras un ángel sostiene el tintero. Lucas está pintando una talla de la Virgen con el Niño, ya que es tradición
heredada de la Iglesia Oriental que era pintor. Ambos cuadros formarían parte de un conjunto de cuatro representando a los evangelistas, cada uno con su símbolo: Mateo el ángel, Lucas el buey,
Juan el águila y Marcos el león, siguiendo una visión del libro de Ezequiel que se repite en el libro del Apocalipsis.
Congratulándome de tal evento, lo tomo como excusa para hacer patria y difundir, una sucinta reseña
biográfica de este pintor, nacido en Almeida y al que hasta ahora no se le ha dado el sitio que merece entre los grandes de la pintura barroca española. He de volver a tratar sobre su vida y
sobre sus obras. Mas, por el momento, transcribo lo que se decía de él en el programa de presentación de sus dos tondos como protagonistas del Museo salmantino, en el que hay una buena colección
de este artista, con 14 obras, de las cuales ocho forman parte de la exposición permanente y se pueden visitar cualquier día. Al igual que sus magníficos frescos de la iglesia de San Esteban del
convento dominico de Santo Domingo.
Alonso Antonio Villamor. Almeida de Sayago (Zamora) 1661 - Salamanca 1729. Uno de los
artistas más activos del ambiente local salmantino del último tercio del siglo XVII y comienzos del XVIII.
Sabemos que se había iniciado a la pintura en Valladolid con sus tíos Santiago y Andrés, discípulos de
Valentín Díaz.
También se advierte en su pintura la influencia de la escuela madrileña en lo que tiene de dinamismo y
colorido claro y luminoso. Estos caracteres también pudo conocerlos a través de la obra del famoso pintor Antonio Palomino (1655-1726), que vino a Salamanca para pintar en el coro del convento de
San Esteban el fresco de "El Triunfo de la Iglesia".
Utiliza con frecuencia estampas como fuente de inspiración de sus composiciones. El dibujo suele ser correcto
y sus figuras sólidas y se adivinan personalidades individualizadas en sus personajes.
Gusta pintar con rigor y minuciosidad los objetos accesorios y su colorido es fuerte y brillante,
predominando, las tonalidades rojas, verdes y ocres,
Se le atribuyen muchas obras en base a las que conocemos documentadas, también numerosas, pero las
desigualdades estilísticas que en ellas se advierten permiten suponer la existencia de un gran taller con numerosos discípulos.
Cualquier día de estos voy a tratar de
hilvanar una breve historia de la industria y el comercio de Almeida en el S. XX. Considero que aquí debe quedar constancia, por méritos propios, de las hazañas y vicisitudes de nuestros
esforzados paisanos emprendedores. Pienso esto a continuación de conocer, y sentir muy profundamente, el fallecimiento de Paco Ledesma (q.e.p.d.), durante tantos años al frente del comercio de la
Plaza que fundara Ildefonso Ledesma, su padre.
Por ahora, estoy documentándome; cuando lo esté del todo, escribiré sobre ese asunto. De
momento, sólo mencionaré a un pariente lejano, mi tío Ignacio Martín, Ignacio Marinico. Además de tendero, en la única tienda con jardín que había en el pueblo, vendía máquinas de coser, bajo
pedido. Imagino que sería subagente de la delegación de Zamora de la empresa Estarta y Ecenarro S.A., de Elgoibar (Guipúzcoa), fabricantes de las máquinas Sigma. De escasa talla física, este
comerciante era, sin embargo, un adelantado de la moderna mercadotecnia y así lo puso en evidencia apoyando infatigablemente el establecimiento de una feria mensual en Almeida, que llegó a
funcionar bien durante unos años y después languideció y acabó borrada del calendario de eventos sayagueses. Me estoy refiriendo a los años finales de la década de los 40 y primeros de la
siguiente.
Poco antes, mi madre le había comprado una de aquellas máquinas. El modelo más sencillo,
seguramente también el más barato. La única característica técnicamente singular era que se podía esconder su cabezal mecánico en la barriga del mueble y, plegando un flanco abatible, podía
utilizarse como mesa o consola. Por lo demás, las patas metálicas, la rueda del volante y el pedal, todos de hierro, eran semejantes a los de las máquinas más antiguas, de la marca Singer por
lo general.
Con ocasión de esta venta, o bien por el parentesco familiar que unía al comerciante con mis
padres, éste aprovechó para colocar un cartel mural de propaganda de sus máquinas en el tabique frontal de nuestra zapatería. Carteles publicitarios había pocos en los pueblos de Sayago por aquel
entonces. Algunos de nitratos y, sobre todo, en la botica, de específicos o fármacos: Tintes Iberia, Tableta Okal, Salicilato de Bismuto, Insecticida Orión o del desinfectante Zotal, no
muchos más. Seguramente Marinico pensó que, como pasaba mucha gente por la zapatería, pues eran tiempos duros y el calzado se remendaba y se remendaba hasta que no aguantaba más, este
establecimiento constituía un buen escaparate publicitario para su producto. Así pues, el cartel presentaba algunas fotos de sus máquinas de coser y, en grandes letras, un eslogan, que fue
esencial y trascendente para mi vida. Si el tiempo es oro, Sigmaes un tesoro, rezaba. En los trazos de su grafía empecé yo por reconocer las letras, a balbucir sus sílabas y, por fin, a
soltarme a leer. En este orden; a su tiempo y progresivamente. Más tarde, quise saber qué significaba la frase aprendida de memoria y, naturalmente, mis padres no perdieron la oportunidad de
instruirme, en base a sus profundas convicciones sayaguesas: Hijo, recuerda siempre que a los pobres no nos está permitido hacer el zángano y que sólo aprovechando bien el tiempo podrás labrarte
un futuro en la vida. Así es como lograrás que el tiempo se convierta en oro y, con los años podrás, si cuidas de no dilapidarlo, poseer un maravilloso tesoro: en tu caso, el más valioso, el del
saber.
Quedé fascinado. ¡Cuántas y qué profundas cosas se podían decir con tan sólo tres palabras y un
verbo! Este fue el arranque de mi vocación por ordenar los morfemas de modo que llegasen a expresar con precisión y elegancia las ideas o los hechos que se quisiera comunicar a otros y que éstos
comprendieran perfectamente su sentido y hasta puedieran disfrutar con su lectura. Subyugado por esta excelsa magia, nació en mí el afán irresistible de ser escritor, oficio glorioso, al que
tantos años llevo entregado.
Bien, pues andando los años, sobre la mencionada máquina de coser en funciones de mesa, en el
cuarto de atrás de la zapatería, que era el dormitorio de mis padres, estudiaba yo mis asignaturas de los primeros cursos de bachillerato. En el manual de una de ella, Lengua y Literatura
Españolas de J. M. Blecua, el autor añadía al final de cada lección un retazo de texto de alguna de las obras del escritor objeto de estudio. Los textos seleccionados correspondían a los autores
más representativos de nuestra literatura desde sus orígenes hasta la época contemporánea. Su lectura me descubrió versos y prosas evocadoras y primorosas que sublimaron mi fantasía y
enardecieron mis deseos de emularlos. El Romancero, Jorge Manrique, Grcilaso, Cervantes, Calderón de la Barca, Becquer, Zorrilla, Galdós, Valle Inclán
De este último, el peculiar don Ramón María de Valle Inclán, me marcó honda y de
imperecedera forma su excelentísimo relato corto titulado El miedo (son dos folios y se puede leer en http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/inclan/miedo.htm). He aquí una prosa magistral, armónica, perfecta en su forma narrativa y capaz de dar vida al relato, llena de plasticidad y sensualidad
Sensaciones, olores, colores, clímax de misterio, sonidos, personajes imponentes Los grandes genios nos descubren emociones y sentimientos que los demás mortales no sabemos apreciar en la
realidad y, dejándonos llevar de su mano, sin embargo, se nos desvelan con manifiesta claridad y nos conmueven profundamente. Con la música pasa lo mismo. Escuchar a Rachmaninov, Mahler o
Sibelius nos produce efectos muy semejantes, si no idénticos, a la lectura de Cernuda, Delibes o Juan Ramón. Por eso merece la pena dejarse embriagar por el muy deleitoso embeleso de sus obras.
Quien no lo haya experimentado aún, hágalo ya. Le puedo garantizar que no ha de quedar defraudado.
Los
sayagueses sin los huevos no seríamos nada. Me refiero a los que ponen las gallinas, claro. Sin ellos no hubiéramos podido medrar, en los viejos tiempos, ni sobrevivir a los años del hambre, ni
llegar a poder contarlo. Las gallinas y su fruto; el cerdo y sus chacinas (para los más pobres sólo el tocino); las patatas y el garbanzo: sota, caballo y rey del yantar tradicional diario en las
humildes mesas sayaguesas.
Pero no queda aquí
la cosa.
Los huevos, por encima de todos los demás
recursos. Primero, porque estaban a mano de cualquiera (no es una picardía), es decir, que unas gallinicas las podía tener todo quisqui y así los huevos le llegaban por el conducto reglamentario.
Y en segundo lugar, porque los huevos eran moneda corriente para pagar las compras, mediante el socorrido sistema del trueque, forzosamente generalizado en una economía de subsistencia y carente
de moni. Ir a comprar con huevos a la tienda de coloniales era lo usual, hasta casi la mitad del pasado siglo. Al igual que pagar con grano al médico, al albéitar, al barbero o las rentas de las
tierras. Muchos hemos conocido y sobrevivido a estos usos. Un corte de sábanas de lienzo moreno, dos docenas. Puntillas para una enagua, media docena. Percal para un mandil, tres huevos. Aceite,
bacalao, azúcar…
No se me va la olla. no. Todavía mis neuronas
responden como es debido. Estoy en lo que estaba: la romería de Almeida.
En el presente, ya está casi olvidada por razones
obvias la vieja costumbre de que los huevos cocidos fueran indispensables en el almuerzo campestre de las familias. La comida entre las encinas, a la brigada de las carrascas, sigue siendo un
rito de obligado cumplimiento hoy. Una tradición que no se ha perdido, pero que ha ganado mucho en variedad, abundancia y calidad gastronómica, gracias al buen nivel de vida que ahora, por
fortuna, disfrutamos. Pero los huevos duros han caído en desuso, si no me equivoco.
Sin embargo, antaño, para entretener a la
chavalería en el tiempo que mediaba entre el final de la misa y el comienzo de la cuchipanda (un rato que los adultos ocupaban con una sesión de baile "vermout" al aire libre y con la recogida
del vino que regalaba el Ayuntamiento), los abuelos escondían huevos entre las carrascas e incitaban a los peques a buscarlos. “Hay un nial por aquí…” “Cuando yo era muchacho, me sabía un nido…” “Frío,
frío…” Idas y venidas… Busca y rebusca… “Caliente, caliente…” ¡Por fin un huevo! ¡Toma, otro! Llegó el momento de extender los manteles, destapar las fiambreras y sentarse a comer.
¡Buen provecho!
Hablamos de la romería de mi pueblo, pero en las
de los otros de alrededor se repite la historia. Tanto más, incluso; como ocurre con la de Bermillo, conocida como “San Juan de los Huevos”. Habrá que preguntarse a qué responde esta constante
que, lógicamente, no es una mera casualidad.
Desde que el hombre es hombre contempló al huevo
como un misterio inexplicable y asombroso: algo inerte y hermético que crea vida. De ahí que esté presente en prácticamente todo el mosaico de religiones del mundo, considerado como símbolo del
poder y la fuerza que emana de la divinidad, cuando no la imagen de ella misma y por lo tanto objeto de culto y adoración. Hay abundante bibliografía sobre el tema, si bien vamos a reseñar
únicamente dos obras fundamentales: El hombre y sus símbolos de Carl G. Jung y el Diccionario de Símbolos de J. E. Cirlot, para mayor ilustración de los
interesados.
El cristianismo consideró idónea y aprovechable
esta simbología y la adoptó para significar el Misterio Pascual: la muerte y resurrección de Cristo. Efemérides que coincide con el inicio de la primavera, no casualmente. En primavera, la
Naturaleza sale de su letargo, iniciándose un nuevo ciclo vegetal. Es el despertar a la vida. Si esto lo trasladamos al terreno espiritual, la Pascua representa la vida nueva renacida que culmina
con el triunfo sobre la muerte. Así pues, para resaltar las evocaciones de la fecundidad, la vida y la renovación, la asociación Pascua, Primavera y Huevo, no puede ser más oportuna y elocuente.
De ahí la costumbre de los huevos de Pascua, en las ciudades y de los huevos duros, en el medio rural. Todo tiene su explicación.
Dicho lo cual, hago votos para que reine el buen
tiempo y el buen humor y nuestra Romería de San Marcos se celebre con la mayor alegría y brillantez este año.
El día 25 de abril, festividad litúrgica de San Marcos Evangelista, la romería de Almeida, que este año cae en
domingo.
A estas alturas nadie ignora el origen de este tipo de peregrinaciones, que tomaron su nombre
de las que tenían por destino Roma (del bajo latín Romaeus, que a su vez se tomó del griego bizantino Rhomaîos, romano, y que se aplicaba en el Imperio de Oriente a los occidentales que
peregrinaban a Tierra Santa y, posteriormente a los peregrinos de Santiago y de Roma, según María Moliner). Perece más en consonancia con el sentido actual de las romerías que su nombre derivara
de romero (planta labiada aromática de florecitas azules, en latín ros maris), pero no; si bien algunos se empeñan en tomar a éste como símbolo de su peregrinar. Tengo un ejemplo claro a las puertas
de mi casa: la romería de Santa Faz, en Alicante. En esta romería, se significan los peregrinos porque llevan, a guisa de báculo, una caña que adornan con un ramito de romero florecido en el
extremo superior de la misma.
Sobre nuestra romería tradicional se ha
investigado poco y, por consiguiente, cabe hacerse algunas preguntas. En este capítulo, por razones de espacio, nos limitaremos a formular sólo dos relacionadas entre sí: ¿Por qué se celebra
el día de San Marcos? y ¿Por qué se va a la ermita de Nuestra Señora de Gracia?
Yo sostengo, lo anticipo antes de entrar a
probarlo, que nuestra romería es bastante anterior en el tiempo a la evangelización de Sayago. Es decir, que se peregrinaba a este lugar sagrado desde los más remotos tiempos, en los primeros
días de la primavera naciente, para conseguir, mediante la visita y las rogativas, fertilidad y abundancia para ganados y cosechas. El lugar de destino, el falso teso
de El
Yombico (830 m.), un lugar preeminente, desde la noche de los tiempos misterioso y sagrado, morada de la Gran Madre en la ancestral cosmología, en medio de un
bosque de encinas y quejigos (Nava del Quejigal, Cerro del Quejigal, la Cueva), junto a una laguna de origen endorreico. Paraje cristianizado después con la presencia “milagrosa” de la Virgen María,
aprovechando la querencia mitológica existente. Pero no olvidemos que este hecho se produce en la Edad Media. Luego, ya en 1489, el pastor descubre la talla románica (S.XIII) enterrada,
seguramente para preservarla de saqueos de infieles, como era costumbre, lo que indica que con anterioridad ya estaba allí y se le rendía culto.
Aunque actualmente la imagen que se lleva en
procesión desde el templo parroquial, precedida del pendón municipal, sea la imagen de la Virgen del Rosario y su destino sea el de la de Gracia, tradicionalmente ni la liturgia del día ni los
rezos del camino tenían carácter mariano en absoluto. La fecha, como ya hemos señalado, tampoco. Es la festividad de San Marcos y los rezos del trayecto siempre fueron las
denominadas Rogativas, que esencialmente se basan en la invocación por su nombre de los santos apóstoles, mártires, vírgenes, confesores, etc. en
las llamadas Letaníasde los Santos. En otro tiempo, se cantaban en latín, el presbítero invocaba el nombre del santo y el pueblo
respondía ora
pro nobis u orate pro nobis.Comenzaban con el Kirie eleison y acababan con el liberanos Domine, en respuesta a las plegarias “de todo mal”, “de todo
pecado”, “de la muerte eterna”, “por tu encarnación”, “por tu muerte y resurrección”, “por el envío del Espíritu Santo”.
Todos estos cantos confundidos con los primeros
sones armoniosos del celo de pájaros y avecillas; los recentales trigos a un lado y otro del sendero verdeando y alfombrando las tierras; los valles húmedos y relucientes; el cielo enorme y azul
en lo más alto de la bóveda del infinito; mozas y mozos con la sangre hecha un río de ardentías y voluptuosidad… Una eclosión de vida nueva y gratas expectativas de felicidad. El encuentro gozoso
con la madre Naturaleza y su fuerza telúrica derramada a raudales en el paisaje y en el alma de los romeros. ¡Qué mayor placer que la vuelta a los orígenes, compartiendo con amigos y vecinos, en
comunidad, todo lo que los fríos del invierno han tenido recluido en la obligada intimidad de las casas durante largos meses, casi sin poder verse y hablarse! Tiene motivos el pueblo para cantar
y bendecir. ¡Pascua florida!
Pero, ¿por qué San Marcos? De las antiguas
ermitas de Almeida ninguna estuvo consagrada a este evangelista. Tampoco ninguna de las numerosas cofradías llegó a tenerlo por patrono.Y, por lo demás, no se halla este santo próximo a las
devociones habituales de los pueblos que temieron a pestes, pedriscos o sequías, como es el caso. Y abundando aún más, su vida es poco conocida y escasa su iconografía por estos
pagos.
¿A qué viene, pues, celebrar nuestra romería en
su día?
Voy a aventurarme a lanzar una hipótesis. Caben
otras, por supuesto, y mucho me gustaría provocar a alguien a rebatirme. Sería un buen camino para acceder a la verdad y a la reconstrucción de la historia genuina. Pero, en no habiendo otra,
hemos de atenernos a ésta.
Resulta que, de los cuatro Evangelios, el
escrito más simple y llanamente; el más corto, sencillo y cronológicamente más ordenado en su narración de los hechos es precisamente el de San Marcos. En resumen, el más fácil de entender por
las gentes sencillas e iletradas. No parece, por tanto, descabellado pensar que fuera el texto utilizado de preferencia para catequizar a los catecúmenos de las áreas rurales, en el transcurso
del periodo de evangelización de las tierras sayaguesas. Tampoco sería extraño que, culminada la misma, algunas comunidades quisieran acogerse para mantenerse fieles y perseverantes a la
protección de este santo cuyo texto había sido la base de su conversión.
(Continuará
No ha accedido la Junta de Castilla
y León a elevar a la categoría de BIC (Bien de Interés Cultural) a nuestro monumento megalítico del Casal del Gato. Poca sensibilidad para con la historia demuestra nuestro Gobierno autonómico al
regatear méritos, administrativamente hablando, a tan singular y preciado monumento, que los tiene por sí mismo y no necesitaría que se los reconociera nadie si no fuera por las ayudas
crematísticas a que le haría acreedor el tal status. Ya se sabe, los políticos cada día acreditan más netamente sus credenciales de carencia de enjundia y mezquindad de miras. Una cruz para el
contribuyente que, además de mantenerlos, tiene que resignarse a sus desaires sin chistar.
Hagamos saber a tan próvidos cofrades de la negativa por respuesta que las
piedras, que a ellos no les dicen nada, hablan alto y claro y dan testimonio de la prosapia y sangre de los pueblos. El ADN, vamos. Sépanlo.(El que tenga oídos para oír Esto es como el
Evangelio, no todo el mundo alcanza a entenderlo; ya lo sé). Pero lo entienden bien la gentica, el pueblo llano, los sencillos Ésos que siglo tras siglo, desde la prehistoria hasta aquí,
han mantenido y preservado la desaparición de tan nobles vestigios de sus orígenes, ser y existir. La Junta ni siquiera está en párvulos, así que habrá que explicarle las cosas, con fruición,
con insistencia, con claridad. Y al correr de los meses, o quizá de los años, acabará por entenderlo. ¡Que duda cabe!
Ha habido vecinos que cuando era preciso se han llegado hasta los Hervideros de San Vicente a limpiar de zarzas y carrascas el dolmen. Por su
cuenta, sin ninguna prebenda a cambio y sin hacer el más mínimo ruido. Procurando que su mano izquierda no viera lo que hacía la derecha. Con mis dos ojos lo he visto yo, pero respetaré su
anonimato para no contravenir sus deseos de incógnito. Hablo de nuestros días. Pero antes nuestros abuelos, bisabuelos y tatarabuelos cuidaron estas piedras totémicas porque por ellas supieron
que sus ancestros ya tenían un sentido trascendente de la existencia y que el sol era esencial para la vida y el agua sagrada para sus cosechas y que una Fuerza Superior a la que había que adorar
regía la existencia de lo seres vivos y las fuerzas de la naturaleza Cosas elementales pero, ciertamente, importantes. Ellos supieron escuchar el mensaje de estas piedras, que tal vez les
descifró el fraile agustino César Morán, su descubridor por indicación de José M. Ramos, el telegrafistas natural de Almeida, destinado en Bermillo a la sazón.
¿Ha dicho la Junta por qué no merece nuestro dolmen ser apuntalado con la
distinción a la que venimos haciendo referencia? Lo ignoro, pero me chocaría; no suele la Administración tenerlo por costumbre. En cualquier caso, ¿cuántos monumentos de este calibre hay en
Sayago?; ¿en toda la provincia de Zamora?; ¿en la extensa comunidad autónoma? Se gasta mucho dinero en vainas y zarandajas, a diario lo vemos. ¡Se subvenciona cada zarrio! Pues, a más a
más, bien valdría la pena asignar a todo aquello que realmente conforma nuestra memoria histórica el remanente necesario para que se perpetúe con dignidad y pueda seguir hablando a las futuras
generaciones de sayagueses de sus raíces más profundas y ancestrales. El Ayuntamiento de Almeida llega hasta donde alcanza y encomiástica es su labor de conservación y adecentamiento, pero no
puede dar más de sí. Échenle una mano, mandamases de Valladolid; ¿no ven que es justo y necesario?
Se muere el campo. Mejor dicho, lo han
matado. Los gobernantes, a los que corresponde por obligación asistirlo y suministrarle el oxígeno que le permita respirar para seguir vivo, se inclinan más bien por atender a los que lo ahogan y
cierran la espita de los recursos esenciales que permitirían mantenerlo vivo. Estar del lado de éstos es lo que les da votos. Al fin y al cabo el campo es un erial en el que agonizan cuatro
vejestorios que no influyen para nada en los resultados electorales. Así que les den morcilla.
Conque no es de extrañar que cada día sean más los agricultores que han de abandonar sus tierras porque su cultivo ya no les da para malvivir. Y el asunto
tiene mala solución mientras el margen bruto que obtienen los que venden sus productos al consumidor, sea entre dos y cinco veces el precio que se paga por los mismos al productor, el cual
tiene muchos más gastos y riesgos. Oígalos, sin embargo. Me refiero a Zapatero y a su cuadrilla, sacando pecho y presumiendo de lo bien que lo hacen y de cómo no paran de luchar por los más
humildes y desfavorecidos. ¿Serán los de Maputo, por un casual, a los que se refieren?
Pero, ¡ánimo!, que mientras hay vida, hay esperanza. Yo, como sayagués, descendiente de nuestro legendario héroe Viriato (y acaso en línea directa, pues mi
abuelo materno era de Torrefrades) me adhiero a la iniciativa que ha tenido Manuel Villena Lázaro. Este mi ilustre colega escribe hoy en el diario digital Ya.es
(http://www.diarioya.es) la siguiente misiva:
Ilmo. Sr. Primer Ministro de Italia Sr. Silvio Berlusconi. Estoy plenamente seguro de la extrañeza y perplejidad que esta misiva le pueda ocasionar, por ello
considero primordial ponerle en antecedentes.
Hace pocos días el Grupo Socialista español, en su afán revisionista de la
historia ha presentado una proposición, en el Congreso de los Diputados, por la que se pide una reparación a los descendientes de los moriscos expulsados de España en el siglo XVII. A esta
propuesta se ha sumado Izquierda Unida, que dando un pasito má s, dem anda una compensación.
Ante estos hechos tengo a bien solicitarle a V.I., como legítimo descendiente y
sucesor en el poder de aquellos romanos que invadieron la Península Ibérica, una reparación e indemnización.
Soy descendiente de Viriato, que comoconocerá fue un valiente guerrero que luchó
contra los ejércitos imperialistas provenientes de la Península Itálica. Viendo los generales romanos la imposibilidad de vencer a Viriato el cónsul Cepión sobornó a tres de sus lugartenientes:
Ditalcón, Audax y Minuro, con el fin de asesinarle, como así lo hicieron. Cometido el vil crimen los traidores asesinos fueron a cobrar lo convenido, a lo que las autoridades sobornadoras les
espetaron la famosísima y lapidaria frase: "Roma no paga traidores."
Resumiendo, Roma asesinó a mi combativo antepasado y tampoco pagó lo estipulado
por el crimen.
Por todo lo expuesto solicito de V.I, que siguiendo la línea marcada por los
políticos españoles, se me compense con una doble indemnización: una por el asesinato en sí, otra por el soborno que en su día sus antepasados se ahorraron al incumplir la palabra
dada.
¿A que es buena la idea? Se pueden sacar unos cuartos, que bienvenidos sean para paliar la ruina a la que los campesinos sayagueses están siendo condenados,
pese no haber cometido más delito que deslomarse de sol a sol. Ya sé que con eso sólo vamos a conseguir alargar la agonía un poco más Ya sé.
Pero algo es algo. Quien quiera seguirme, que coja papel y pluma y mande su carta a Berluconi. Como mínimo nos servirá de desahogo.
Ilustre se nace. Por el contrario, te
podrán dar el título, pero no podrán hacer que lo seas si no te viene de origen tal condición. Lo digo porque, a propósito de que Juan Antonio Panero recibiera el título de Sayagués Ilustre por
iniciativa de la Asociación de Empresarios de Sayago (12 sept. 2009), me fui al Diccionario de la RAE para ver si estaba en lo cierto y confirmé que en su primera acepción "ilustre" es un
adjetivo que se refiere a alguien de distinguida prosapia, casa, origen, etc. Y este es el caso.
Me explico. El sayagués que sale malo es un veneno. Mezquino, traidor, envidioso, avaro,
rencoroso, vengativo, lerdo, soberbio, cruel, resentido No hay que dar nombres, pues ellos solos se encargan de hacerse notar por sus insidias y puñaladas, y cada quisque tiene ya bastante con
apencar con los que no paran de amargarle la existencia.
Pero, amigo, el que sale bueno, oro molido. Este es el caso de nuestro paisano D. Juan
Antonio Panero Martín, a quien tanto debe Almeida y todos sus habitantes y, por supuesto, toda nuestra comarca. Como persona, como maestro, como regidor, como erudito...
Me honra con su amistad y de ello me siento orgulloso. Quiero felicitarlo públicamente y, eso sí,
decir que se ha hecho justicia. Por lo demás, ya en privado he dicho lo que tenía que decir. Él es sabio y enemigo acérrimo de oropeles, panegíricos, loas, exaltaciones y alharacas. Hace y calla.
Se da y da sin alardear de su generosidad. Enseña gratis. No escatima su tiempo para ayudar a quien se lo pide. Es la discreción en persona. Acoge, acompaña, guía. A cambio de su generosidad ni
espera ni reclama nada. Por estas líneas me echará la bronca, seguro estoy, pero no me quedaba a gusto sin publicarlas.
Que perduren su ejemplo y su obra. Es lo que hay que pedir.
Ah!, por último, señalar el acierto de la AES de hacerle este bien merecido homenaje en vida.
Gracias.